Macacha Güemes.
Igualmente rica y tan poco convencional como Mariquita Sánchez, la figura de María Magdalena Dámasa Güemes (1787-1866) posiblemente resalte aún más políticamente por las situaciones que le tocó vivir.
Recordemos que su Salta natal era, por un lado, una sociedad mucho más conservadora,
donde las diferencias de clase y de «casta» eran todavía más pronunciadas que en Buenos
Aires y, por el otro lado, que entre 1812 y 1823 vivió en virtual estado de guerra permanente.
En ese contexto sociohistórico, la familia Güemes se destacaba entre los integrantes de la
elite, uniendo el carácter de funcionario real del padre, Gabriel de Güemes Montero, y la «prosapia» de la madre, Magdalena Goyechea, descendiente de los conquistadores y primeros encomenderos del noroeste.
Sin embargo, tanto Magdalena, familiarmente apodada «Macacha», como su hermano Martín
Miguel y su marido, Román Tejada Sánchez (con quien se casó en 1803), pertenecían a los
hacendados criollos que obviaban en el trato con sus peones las diferencias, ganándose su
lealtad y respeto.
La estrecha relación de Macacha con su hermano Martín venía de la infancia, de la época de
los juegos y los sueños en largas cabalgatas por aquellos pedregosos caminos salteños. La
niña aprendió a leer a los cinco años, cosa poco frecuente para la época, y su maestro fue su
padre, algo también poco habitual para la época. También estudió flauta y piano.
Desde 1810, los hermanos Güemes estuvieron entre los primeros partidarios salteños de la
revolución, en contra del gobernador Nicolás Severo de Isasmendi. Cuando llegó a la provincia
la expedición al Alto Perú comandada por Castelli y Balcarce, organizaron milicias de apoyo,
que en los años siguientes se convertirían en los célebres «Infernales» de Güemes. La primera
aparición pública de Macacha tiene que ver con la activa defensa de su marido, el capitán
Román de Tejada, que había sido confinado a Famatina por ofender a su camarada de armas
en la Compañía de Patricios, el sargento primero José Luis Pacheco, en presencia de oficiales
del cuerpo. Macacha hizo un enérgico reclamo y logró que cesara la condena de su marido, que
se apercibiese a la provincia y que el capitán volviera a su puesto, a su ciudad y a su lado.
Entre 1813 y 1823, las guerrillas salteñas y jujeñas serían la defensa de las actuales provincias
norteñas contra las invasiones realistas. Y ahí anda dona Macacha, junto a su hermano —no
detrás como le hubiese cabido según los oficiales de la Historia a «toda gran mujer»— en las
campañas, encargándose de coordinar las acciones de espionaje llevadas adelante por mujeres como Celedonia Pacheco de Melo, Juana Torino, María Petrona Arias, Andrea Zenarruza de
Uriondo y doña Toribia la Linda, acompañadas en aquellas jugadísimas misiones imposibles
por ancianos y niños. Este eficiente aparato popular de inteligencia le complicaba la vida al
enemigo, como lo admitía el comandante en jefe de las fuerzas «realistas», el general Joaquín
de la Pezuela, cuando el 21 de julio de 1814, le enviaba una nota al virrey del Perú, señalándole
la difícil situación en que se encontraba su ejército ante la acción de las partidas gauchas de
Güemes:
A todas estas ventajas que nos hacen los enemigos, se agrega otra no menos perjudicial, y es
la de ser ellos avisados por hora de nuestros movimientos y proyectos por medios de los habitantes de estas estancias, y principalmente por las mujeres relacionadas con los vecinos de
aquí y de Salta […] siendo cada una de éstas una espía vigilante y puntual para transmitir las
ocurrencias más diminutas de este Ejército.
En sus acciones, Güemes debió enfrentar a una parte importante de la elite salteña, más
dispuesta a acordar con los realistas que a tolerar el poder del «gauchaje». El 5 de mayo de
1815, la voluntad popular lo consagró gobernador de Salta —fue el primer gobernador electo y
no designado a dedo por Buenos Aires en lo que hoy es territorio argentino—, lo que inició un
período de enfrentamientos civiles que se superponían con la guerra contra las fuerzas del rey.
Según relataba Bernardo Frías, Macacha […] era […] el verdadero ministro de su hermano, para
quien no tendría Güemes secretos de gobierno; no realizando, por consiguiente, acto alguno
difícil sin su mediación y parecer; que así lo acompañaba en sus consejos, nacidos de la perspicacia y delicadeza de sentimientos de su sexo, tan desarrollados en ella, como intervenía
personalmente en actos más públicos, aun los mismos de guerra, montando a caballo, recorriendo las filas y arengando las tropas.
En 1816, Macacha actuó de mediadora entre su hermano y las fuerzas del gobierno, comandadas por José Rondeau, que estaban a punto de enfrentarse. El conflicto entre Güemes y Rondeau llegó a oídos del director supremo Álvarez Thomas, quien decidió enviar una expedición
al mando del coronel Domingo French para mediar y socorrer a las tropas de Rondeau varadas
en el norte salteño. Rondeau parecía más preocupado por escarmentar a Güemes y evitar el
surgimiento de un nuevo Artigas en el Norte que por aunar fuerzas y preparar la resistencia
frente al inminente avance español.
La llamada «Paz de los Cerrillos», firmada el 22 de marzo de ese año gracias a la mediación de
Macacha, establecía que Salta seguiría con sus métodos de guerra gaucha bajo la conducción
de Güemes y brindaría auxilio a las tropas enviadas desde Buenos Aires.
Está claro que doña Magdalena era lo que hoy se suele conocer como «una hábil operadora
política». Mientras su hermano se encontraba al frente de sus «Infernales» fuera de la ciudad,
las riendas del gobierno salteño estuvieron en manos de Macacha, quien una y otra vez se
encargó de desbaratar conspiraciones en su contra. Cuando los opositores a Güemes organizaron en 1819 un partido conocido como la «Patria Nueva», integrado entre otros por apellidos
ilustres como Zuviría, Uriburu y Gurruchaga, Macacha se encargó de organizar, con José Ignacio Gorriti, la «Patria Vieja», que asegurará el poder hasta la muerte del caudillo, en junio de
1821.
Tras la muerte de su hermano, Macacha siguió al frente de la «Patria Vieja», de la que participaban otras mujeres, como su madre Magdalena Goyechea y sus sobrinas Cesárea y Fortunata
de la Corte, entre otras.
En medio de las disputas por el poder entre miembros de la elite, en septiembre de 1821, Macacha, su madre, su esposo y otros «güemistas» fueron detenidos.
Se produjo entonces la «Revolución de las Mujeres», en las que el «gauchaje» se sublevó y
saqueó la ciudad de Salta para poner en libertad a la madre y la hermana del caudillo, que para
entonces era apodada «Madre del Pobrerío».
Según sostenía Frías: […] todas las revoluciones, conjuraciones y sediciones ocurridas en
Salta, desde el comienzo de la guerra [de independencia] hasta la caída del gobernador Latorre,
en 1835, fueron hechas por las mujeres, que habían tomado la política como oficio propio de
su sexo.
Macacha, que adhirió al partido federal, continuó participando en esa agitada vida hasta 1840.
Para entonces se había convertido en una figura reconocida más allá de las banderías políticas. Tanto es así, que cuando se formó la Liga del Norte, dirigida por los unitarios enemigos de
Rosas, fue invitada al baile de honor con que en Salta se celebró el hecho. La primera pieza,
según dice la tradición, fue bailada por Macacha y el general Lavalle.
Mujeres que hicieron historia: «Macacha Güemes»
