Comentario de “The Ballad of Darren”, el nuevo disco de Blur: Todo lo que dejaron atrás

Como en 2015, la banda británica coronó un operativo regreso con un disco brillante. Sólo que hoy se impone una indisimulable sensación de pérdida.

De 2003 a hoy, Blur ha publicado solo dos discos. Uno fue The Magic Whip (2015) y otro el aún calentito por lo recién salido The Ballad of Darren (2023). Y si bien ambos estuvieron atravesados por el hecho de que resultaron del operativo retorno de una banda (supuestamente) separada, trascendieron largamente el lugar común del rejunte de canciones que sirva como disparador para una gira global.

En ninguno de los dos casos la banda británica necesitaba de nueva obra para tomar al mundo por asalto, a decir verdad. Sin embargo, para un creativo imparable como Damon Albarn es inconcebible poner piloto automático amparándose en un pasado glorioso. Tampoco lo es para sus compañeros desde sus años tempranos como músico profesional: el guitarrista Graham Coxon, el bajista Alex James y el baterista Dave Rowntree.

Entonces, en la previa de una reunión podrá estar cada uno en lo suyo (Albarn sumando colaboradores a la cosmogonía de Gorillaz; Coxon aportando arreglos para Duran Duran; James produciendo quesos; y Rowntree desarrollando su carrera política), pero al recibir el llamado se concentrará y se comprometerá de tal forma que será ineludible dar con algo arrebatador.

The Ballad of Darren es una nueva muestra de química inquebrantable entre ellos, aunque con la especificidad de que tiene a Albarn en plan contemplativo, como si hubiera escrito las líricas del disco mirando al mundo girar desde el vidrio humedecido de un pub.

Y ese gesto reflexivo se tradujo en una preponderancia de canciones medio tiempo o sublow, con una resonancia filosófica diametralmente opuesta a, por ejemplo, la que genera la imagen del “influencer cansado” que filtra Cracker Island, el último disco de Gorillaz, hoy por hoy su proyecto central.

Salvo el coloquial “La cagué” que se le oye al cantante al comienzo del expansivo simple St. Charles Square (muy en plan del Bowie más glam, por cierto), no hay margen para el (p)optimismo en el nuevo Blur.

Con movimiento de vals lo certifica Russian Strings y su sentencia “No hay nada al final/ sólo polvo/ Así que subí la música”. Es en esta obra es así, el humor aflora en cuentagotas.

La balada Goodbye Albert, en la que Coxon se expresa en plan Adrian Belew, alude a un adiós simultáneo para vos y para mí. Un “adiós a los refugiados de la vida superficial”, precisa Albarn allí.

Y el colmo de la resignación llega con The Everglades, una canción que por sus detalles tímbricos podría anexarse a la obra solista de Albarn (pensemos en su disco Everyday Robots, de 2014) y que plantea “Cruzamos el mundo/ desaparecimos/ Y nadie mira a ver si volvemos pronto”.

OK, Blur se ha permitido filtrar nostalgia e incluso dolor en sus obras pasadas, pero nunca con la determinación expuesta en The Ballad of Darren, en la que casi no hay pretensión de dar cuenta de un afuera sociopolítico o de querer alinearse a un signo de época. Mucho menos, de apuntalar un hedonismo chispeante.

 

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