El 10 de agosto de 1912 se creó la Escuela de Aviación Militar. Se tomó esa fecha como el día de la Fuerza Aérea, un arma que se destacó en la guerra de Malvinas, y que cuando se negociaba la capitulación, su jefe -el brigadier Ernesto Crespo- se negó a abandonar la lucha.
Hoy es el día de la Fuerza Aérea, y existen diversos motivos para un homenaje. Podríamos recordar al subteniente Manuel Félix Origone, el primer militar víctima de un accidente aéreo. El 19 de enero de 1913, con 22 años recién cumplidos, participaba en un raid a Mar del Plata y por el mal tiempo la máquina que piloteaba se desplomó en inmediaciones de la localidad bonaerense de Domselaar. Podría ser Jorge Newbery, muerto en Los Tamarindos el 1 de marzo del año siguiente cuando unas damas le insistieron en que hiciera una pequeña exhibición. O bien podríamos evocar el brillante desempeño de la aviación argentina durante la guerra de Malvinas y recordar la decisión del brigadier Ernesto Crespo de no rendirse, solo por respeto a los caídos.
Crespo fue un jefe que había acuñado la frase que los que creían que ‘Defender la Patria hasta perder la vida era sólo una declaración, esta es la hora de la verdad”.
En Malvinas, sobre un total de 42 buques ingleses que participaron en el conflicto del Atlántico Sur, 24 fueron hundidos o dañados.
Horacio Crespo nació en Mendoza el 8 de diciembre de 1929 y a los 23 años egresó de la Escuela de Aviación. La Operación Rosario lo sorprendió como jefe de la IV Brigada Aérea de Mendoza y lo designaron comandante de las operaciones aéreas el Atlántico Sur.
Tuvo menos de un mes para planificar una fuerza que estuviese preparada para la guerra. De acuerdo a los que lo conocieron, fue un conductor nato, dueño de una personalidad especial. Fue quien ordenó a sus pilotos acercarse a los blancos en vuelos rasantes, ya que los británicos no contaban con la tecnología para detectar este tipo de acercamientos.
En Comodoro Rivadavia formó un estado mayor, desde donde coordinaba las operaciones de las bases. Se encargaba de la planificación de todas las misiones y estaba al tanto de quienes las integraban, sabía además de las operaciones de la aviación naval. De la misma forma, estaba informado sobre cada piloto caído y lo que ocurría en cada una de las bases que dependían de su comando.
El hombre que no quería rendirse
Cuando el 14 junio se acordó un alto el fuego, se iniciaron las negociaciones de capitulación. El 13 había sido un día de infierno para los ingleses, ya que padecieron una veintena de misiones aéreas sobre sus posiciones. En su campamento en Monte Dos Hermanas, el comandante Jeremy Moore había salvado su vida de milagro en uno de ellos.
Algunos de los pilotos que combatieron en Malvinas. Desde la izquierda: Teniente Juan Arrarás (fallecido el 8 de junio); teniente primero Manuel Bustos (muerto el 12 de mayo); tenientes Luis Cervera y Hugo Gómez y capitán Antonio ZelayaEn sus memorias, el almirante Woodward anotaba, en esos últimos días de la guerra: “Estábamos ya en el límite de nuestras posibilidades, con sólo tres naves sin mayores defectos operativos, como el Hermes, el Yarmouth y el Exeter. De la fuerza de destructores y fragatas, el 45% está reducido a capacidad cero de operar. De los “guardavallas”, el Sea Wolf del Andromeda está inutilizado; todos los sistemas del Brillant padecen de una gran variedad de defectos; el Broadsword tiene un sistema y medio de armas, pero uno de sus ejes de propulsión con daños prácticamente permanentes. Ninguno de los 21 está en condiciones: el Avenger está descompuesto; el Arrow está roto y tiene una de las turbinas Olimpus inutilizada… y muchas cosas más. Todos están cayéndose a pedazos”.
“Esta tarde quedé en este hermosísimo lugar para los Etendard con una sola vía de fuego de Sea Dart. Los convoyes que dirijo hacia y desde la costa durante la noche están “escoltados” por una fragata medio paralítica. La línea de cañones comenzó con cuatro naves y ha quedado reducida a dos por los desperfectos. El área de remolque, reparaciones y logística está “protegida” por el pobre viejo y averiado Glamorgan, y las Georgias del Sur son valientemente defendidas por el pobre viejo y averiado Antrim y el formidable barco de guerra Endurance”.
El 14 de junio Moore descendió de un helicóptero y fue caminando a la casa de gobierno donde lo esperaba el general Mario Menéndez. Estaba visiblemente contrariado por la tormenta de nieve que la nave que lo transportaba debió atravesar. Iba acompañado de siete oficiales de su Estado Mayor, el radio operador con comunicación directa con Londres, y un oficial abogado. En una mano llevaba un documento con los términos de la rendición y en la otra una botella de whisky.
Los argentinos se negaron a suscribir una rendición “incondicional” y a hacer una ceremonia pública de rendición. También se exigió que los oficiales mantuvieran el mando de tropa y se conservarían las banderas.
El jefe británico, luego de consultarlo con Londres, decidió acceder a las peticiones, pero quedaba por resolver la principal cuestión que le quitaba el sueño: que la Fuerza Aérea argentina cesara en sus ataques.
Moore y Menéndez frente a frente. El inglés, que llevaba ya escrito los términos de la capitulación, quería tener garantías de que la Fuerza Aérea no atacaría másEse día el brigadier Ernesto Crespo se encontraba en su puesto comando en Comodoro Rivadavia cuando recibió una llamada de Puerto Argentino. Era el autor de la frase “combatiremos hasta el último hombre, incluso quien les habla”.
Le comunicaron que los británicos exigían su rendición y que lo habían incluido en el acta de capitulación. El sabía que los ingleses respetaban y temían a la Fuerza Aérea Sur.
Respondió que mientras tuviera un avión y un piloto, continuaría bombardeando a los británicos sin contemplaciones y cortó la comunicación. “De ninguna manera nos vamos a rendir. Seguiremos atacando. Cargo ya con el peso de haber mandado a combatir a mucha gente. No puedo decir así como así ‘me rindo’”.
Cuando el teléfono volvió a sonar, la propuesta era otra. Los ingleses le pedían su palabra de honor de que no atacaría más.
A esa altura, las tropas habían entregado su armamento. Era inútil continuar peleando. Accedió. Los ingleses respiraron aliviados ya que la aviación argentina se había transformado en un factor incontrolable para ellos.
