El título de la noticia es desconcertante, arma una imagen mental que agudiza la conmoción de quien la lee. La secuencia de palabras pone los pelos de punta al encontrar una agrupación que no debió ser: niño, escuela, amenaza, arma.
En la semana pasada la comunidad santiagueña vivió un acontecimiento que marcó en lo social, mediático e institucional. Ante la sospecha de una amenaza violenta con arma de fuego en un colegio se activa un protocolo de seguridad desconocido por el alumnado hasta ése momento, la presencia de fuerzas policiales en un edificio escolar puede resultar impactante pero fue necesario. Así también el posterior comunicado oficial del Ministerio de Educación a las entidades educativas lo cual fue necesario ante un clima social que presagiaba lo peor y necesitaba orden.
Lo más probable es que estas palabras estén siendo leídas por un adulto así como también lo más probable es que no haya advertido lo que se venía. En una cosmovisión adolescente que nos es tan cercana y, a la vez, igual de lejana se comenzó a cocinar la idea que fue impregnando a modo de broma o “challenge” (reto) dentro de redes sociales. Éstas fueron, como en muchos otros casos, el medio de normalización de algo que para nada es común.
Cabe mencionar que las redes sociales no son malas en sí mismas, y oponerse a ellas es un posicionamiento que está muy lejos de sumar soluciones. Son herramientas que vinieron para quedarse por lo que concientizar su uso y debatir sus límites a priori contempla respuestas superadoras y edificantes.
La imposición cultural se puede dar de manera forzada pero también de manera sutil, en la perspectiva de los alumnos fue una broma que vieron repetidas muchas veces y hasta puede resultar exagerada la respuesta… “Si total, todos sabemos que es una broma…” fue comentarios que se pudo llegar a escuchar de parte del alumnado.
En el mundo de los adultos la visión es distinta y las responsabilidades también, hay bromas que no se pueden hacer así como costumbres que no se pueden normalizar; la convivencia segura de una comunidad pacífica y democrática es una.
La mejor solución no se trató de la fuerza sino de la coordinación entre instituciones que cumplieron su rol, disipando el peligro y aportando el control que su rol les permite por una demanda social y eso es algo para celebrar. En articulación con esto, nos queda la responsabilidad personal de reflexionar: la conciencia sobre lo normalizado exige revisar límites, ya que lo más establecido suele ser lo menos criticado.
Nahuel Baudino
«Miembro de la consultora Articular»

